La Casita del Príncipe de El Escorial y sus reales coníferas

PASEO POR LOS ÁRBOLES MONUMENTALES DEL PABELLÓN DE RECREO. En 1771, el rey Carlos III encargó al arquitecto Juan de Villanueva, uno de los principales representantes del neoclasicismo español, la construcción de una nueva residencia con jardín en unos terrenos aledaños al monasterio de San Lorenzo del Escorial (provincia de Madrid), situados a poco menos de un kilómetro, como pabellón de recreo de su hijo Carlos, futuro Carlos IV, que entonces tenía de 23 años, y su esposa, María Luisa de Parma. No era precisamente para pasar horas consagradas al estudio o celebrar recepciones solemnes. El edificio, hoy conocido como la Casita del Príncipe o Casita de Arriba, fue concebido ante todo para las jornadas de caza del heredero y sus amistades. Los cercanos bosques proveían abundantes venados.

Simultáneamente, en unos terrenos situados más al oeste del monasterio, el mismo arquitecto recibió el encargo de erigir otro edificio de menores dimensiones, también con jardín, para el infante Gabriel, hermano pequeño de Carlos IV. El pabellón fue llamado Casita del Infante o Casita de Abajo. Las obras en ambos casos se prolongaron hasta 1775. En 1984, todo el conjunto del monasterio fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Siguiendo lo que se estilaba en las cortes europeas, Carlos III, máximo representante del absolutismo ilustrado en España, quiso que la Casita del Príncipe estuviera rodeada de una zona ajardinada y que se mantuviera el denso bosque que la separaba del monasterio. «La moda de estas construcciones venía de Francia, donde recibían el nombre de trianons y bagatelles -explica la ingeniera Carmen Luengo en la web jardineshistoricos.es-. Eran pequeños edificios, rodeados de hermosos jardines, donde los miembros de la familia real podían disfrutar de cierta intimidad con sus círculos de amigos».

La Casita del Príncipe constaba inicialmente de un solo bloque rectangular para vivienda y sirvientes, pero entre 1781 y 1784 fue ampliada con un ala anexa. Transcurridos más de dos siglos, la disposición original sigue intacta, aunque el tiempo no perdona y actualmente hay un restaurante en la parte delantera del pabellón y el bosque exterior es un enorme parque público. En el interior ya no se celebran recepciones y solo entran turistas en los días habilitados.

El jardín propiamente dicho rodea el edificio principal y está custodiado por un muro de granito. La entrada es de libre acceso.

La parte delantera, comunicada con la trasera mediante dos pórticos con columnas toscanas, sorprende por la elevada concentración de árboles monumentales, entre ellos dos abetos del Cáucaso (Abies nordmanniana) y un pinsapo (Abies pinsapo) que están catalogados como árboles singulares por la Comunidad de Madrid. Hay también cinco secuoyas gigantes (Sequoiadendron giganteum), media docena de cedros del Himalaya (Cedrus deodara) de notable porte, más pinsapos, un magnolio y un acebo que sobrevive a duras penas ante tanto gigante. Para el paseante, el conjunto es bastante oscuro debido al tamaño de los ejemplares.

Por su parte, el jardín trasero está presidido por una vistosa fuente central y cuenta con una parte final dominada por setos de boj. La parte más cercana al edificio, no obstante, vuelve a estar presidida por enormes coníferas, entre ellas las dos secuoyas mayores de todo el conjunto, con un tronco cuyo perímetro a 1,30 m. de altura llega nada menos que a 9,20 y 8,55 metros. Se observan asimismo varios cedros del Líbano (Cedrus libanii) muy robustos, otras dos secuoyas gigantes y dos cedros del Himalaya.

La vegetación actual no tiene nada que ver con sus orígenes. Es el resultado de un ajardinamiento impulsado por la Escuela de Ingenieros de Montes a mediados del siglo XIX

Curiosamente, la vegetación de hoy en día tiene poco que ver con las plantaciones originales, que estuvieron consagradas a los frutales (hoy solo quedan varios granados). A mediados del siglo XIX, la Escuela de Ingenieros de Montes empleó la residencia como sede y propició la plantación de las especies exóticas que se pueden contemplar actualmente. El experto César Herranz, en la web arbolessingularesmadrid.blogspot.com, explica que los ejemplares más viejos de la Casita del Príncipe son varias secuoyas -no todas- que fueron plantadas hacia 1850, casi medio siglo después del inicio de la construcción del edificio, mientras que los abetos del Cáucaso son de 1880.

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