Los pinos canarios plantan cara al fuego

LA ESPECIE MUESTRA UNA GRAN RESISTENCIA Y CAPACIDAD DE REBROTE. El pino canario o Pinus canariensis, la principal especie forestal del archipiélago, captura desde hace décadas la atención de científicos, ecologistas y amantes de la naturaleza debido a su excepcional capacidad para regenerarse y rebrotar después de un incendio forestal. En diciembre de 2023, en nuestra última visita a la Caldera de Taburiente, el majestuoso parque nacional de la isla de La Palma, pudimos apreciar claramente el fenómeno: árboles muy esbeltos con la corteza carbonizada, pero con brotes de un verde estridente que partían del mismísimo tronco. «Esto que veis son los restos del  incendio de 2016», comentaba nuestro guía, señalando la magnitud de la tragedia. En aquella ocasión ardieron 4.600 hectáreas, el 6,5% de la superficie de la isla, según datos oficiales. En 2009 habían sido 4.000 en un área cercana. Muy recientemente, en julio de 2023, otro incendio arrasó 2.900.

Sin embargo, si las condiciones son propicias y si las perturbaciones causadas por el hombre no lo impiden, el paraje recuperará su aspecto original en relativamente pocos años. Es más, lo hará a una velocidad inalcanzable para otros tipos de bosque. Acostumbrado a vivir entre los volcanes, la principal característica de estos pinos es su resistencia a las llamas. «Tienen una alta capacidad de regenerarse tras el fuego», sintetiza en un artículo José Ramón Arévalo, investigador de la Universidad de La Laguna (ULL). Además, es un buen colonizador de terrenos volcánicos jóvenes, como se puede observar en los terrenos afectados por la última erupción en Cumbre Vieja (2021).

«La observación de la abrupta orografía, cuyos barrancos constituyen auténticas chimeneas durante los incendios, hace evidente que, sin la facultad de rebrotar, incluso los árboles más altos terminarían por sucumbir», añade José Climent, especialista del Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria (INIA), en un análisis sobre la especie. Es un caso único entre los pinos más cercanos, pero Climent destaca que sí existen otras especies con características similares, como Pinus leiophylla, P. echinata y P. merkusii, los tres de América del norte, y P. rigida, originario de Sumatra.

El pino canario es considerado un fósil viviente cuyos orígenes se remontan al Jurásico, cuando la configuración de los continentes era muy diferente de la actual. De hecho, sus ancestros están emparentados con especies típicamente mediterráneas como Pinus halepensis e incluso con otras mucho más lejanas como Pinus roxburghii, el pino del Himalaya. Hace unos 20 millones de años, Pinus canariensis quedó aislado en las Canarias, lo que acentuó sus particularidades.

Pinus canariensis es actualmente un endemismo presente en cinco de las siete grandes islas canarias: La Palma, donde se encuentran las masas en mejor estado de conservación, Tenerife, Gran Canaria, El Hierro y, aunque de forma muy escasa, La Gomera. Ocupa terrenos desde prácticamente el nivel del mar hasta cumbres de 2.400 metros, con una superficie total en el archipiélago de 120.000 hectáreas.

La capacidad de rebrote de los pinos canarios es el resultado de complejas adaptaciones evolutivas. En primer lugar, la especie ha desarrollado una corteza más gruesa de lo habitual -hasta ocho centímetros- que actúa como una barrera protectora y ayuda a preservar la parte interna del tronco, donde se encuentran los meristemos, los tejidos responsables del crecimiento y desarrollo. Otra de las claves parece ser la abundante presencia de parénquimas, un tipo de tejido vegetal habitual de las frondosas pero escaso en las coníferas.

Además, las piñas o conos del pino canario cuentan con una estrategia única de dispersión de semillas. Estas piñas permanecen cerradas durante largos periodos y pueden salir disparadas cuando se exponen al calor intenso del fuego. Con la ayuda del viento, y aunque el árbol llegue a morir, las semillas podrán caer sobre suelos no afectados y allí brotar.

Finalmente, los pinos canarios son muy longevos, con ejemplares conocidos que alcanzan los ocho siglos, y alcanzan una gran altura, hasta 50 metros, lo que aleja las copas del suelo y dificulta que las llamas progresen.

Sin embargo, la recuperación tras un incendio dejará de ser factible si las perturbaciones humanas prosiguen, es decir, si los incendios se vuelven cada vez más habituales. “Existe un gran debate sobre si las llamas le benefician o si su resistencia aflora con catástrofes de gran intensidad pero de baja frecuencia como el vulcanismo”, concluye José Climent. De hecho, los ejemplares más jóvenes no sobreviven a las llamas. “El régimen actual de incendios muy frecuentes puede poner en riesgo su adaptación”, añade el investigador forestal. Además, a la influencia humana directa hay que añadir los perjuicios derivados del cambio climático y las plagas.

«Habitante privilegiado de las altas regiones -en palabras de Sabino Berthelot, naturalista y etnólogo del siglo XIX-, este árbol poderoso domina como soberano las mesetas superiores y cubre las pendientes escarpadas de los valles». ¡Larga vida al pino canario!    

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