La nuez moscada, una especia más valiosa que Manhattan

LA SUCULENTA HISTORIA DE ‘MYRISTICA FRAGRANS’. La nuez moscada, la valiosa semilla de forma casi esférica que se emplea en un sinfín de recetas culinarias, tiene una historia fascinante en la que se entrelazan viajes, supersticiones, tratados internacionales, un genocidio y hasta la fundación de la ciudad de Nueva York. Todo empieza en un lugar a más de 15.000 kilómetros de Europa.

El árbol de la nuez moscada (Myristica fragrans) es originario de las Molucas o Kepulauan Maluku, archipiélago situado en la parte oriental de Indonesia, y más en concreto de una docena de pequeñas islas del mar de Banda conocidas simplemente como Bandas. Allí ya se cultivaba hace al menos 3.500 años, como atestigua el hallazgo en la minúscula Pulau Ai de varios cuencos de cerámica con restos de comida condimentada, según dieron a conocer en 2018 investigadores de la Universidad de Washington.

El aislamiento, el suelo volcánico, el terreno escarpado y el clima ecuatorial con lluvias abundantes, por encima de los 2.000 mm anuales, han creado un ecosistema exuberante donde abundan los endemismos. Al margen de la nuez moscada, en las Molucas crece asimismo el clavo (Syzygium aromaticum) y varios tipos de pimienta, por lo que no es de extrañar que los navegantes indios y árabes que llegaron hasta allí a partir del siglo XIV las dieran a conocer al mundo como las Islas de las Especias.

Mapa de las islas de Banda de 1818, obra del neerlandés J. Van den Bosch. La isla principal es Banda Besar, también conocida con el nombre de su capital, Lontor o Lonthoir.

Antes del surgimiento de los frigoríficos y las conservas, las especias fueron un ingrediente indispensable en la cocina y se convirtieron en un bien muy preciado porque servían para matar el mal sabor del pescado o alargar el proceso de putrefacción de la carne, entre otras virtudes gastronómicas, además de tener propiedades antisépticas, estimulantes y favorecedoras de la digestión. Ello explica la pasión que llegaron a despertar. “Las especias del pasado son el petróleo o el gas natural de nuestro tiempo”, sintetizaba el escritor indio Amitav Ghosh durante su presentación del ensayo La maldición de la nuez moscada (Capitán Swing, 2023).

Pese al aspecto similar de las semillas, la nuez moscada no tiene vinculación botánica con la nuez europea. Se trata de un árbol perennifolio del orden de las magnoliales y la familia de las miristicáceas. La nuez moscada, el endosperma de la semilla del árbol -equivalente grosso modo al hueso del melocotón o del albaricoque-, tiene forma ligeramente ovoide y mide unos tres centímetros. La semilla está cubierta por un arilo o cobertura carnosa de color rojizo-marronoso llamado ‘macis’, también utilizado como especia. Aunque el género Myristica cuenta con 175 especies reconocidas, solo cinco son económicamente relevantes y una única es la buscadísima nuez moscada común o fragante (M. fragrans).

Ilustración de McCormick de 1912 sobre el árbol de la nuez moscada y su fruto.

La nuez moscada aparece citada en libros religiosos y médicos de la India y de China antes de nuestra era, pero en Occidente no fue conocida hasta mucho tiempo después. Algunos estudiosos citan que el historiador romano Plinio disertó sobre un árbol llamado comacum que tenía una nuez olorosa, aunque no es seguro que se estuviera refiriendo al mismo árbol.

La primera referencia inequívoca a la nuez moscada no aparece en Europa hasta el siglo VII, en diversos textos médicos bizantinos que se refieren a una nuez fragante llamada nux muscata. El monje San Teodoro Estudita (759-826), por ejemplo, la cita como ingrediente aromatizador del pastel de guisantes. Todos los indicios sugieren que la especia del mar de Banda llega a la corte bizantina a través de las rutas de comercio beduinas, donde era conocida como moskhos, procedente del término árabe «mesk», origen del nombre actual en la mayoría de las lenguas europeas.

También está presente en el cuento de Simbad el Marino, en Las mil y una noches, donde es citada junto a otros condimentos llegados de Oriente: “Llevaba conmigo los exquisitos perfumes que ahora disfrutan -dice el protagonista- y las especias que han saboreado: madera de áloe, sándalo, alcanfor, pimienta, nuez moscada, clavo de olor y jengibre. Pasamos por varias islas, y por fin llegamos a Bussorah [Basora]”.

En el siglo XI, la nuez moscada empieza su expansión por Europa de la mano de comerciantes árabes que la obtenían en sus puertos del Índico y luego la revendían a mercaderes venecianos, aunque las dificultades para obtenerla hicieron que su precio durante la Edad Media fuera siempre elevado y solo estuviera al alcance de muy pocos. En Venecia, una libra de nuez moscada valía más que una libra de oro. Durante la peste negra (1347-1352), además, los precios se dispararon porque la gente creía que podría mantener alejada la plaga.

Nunca trascendió su verdadero origen, el lugar misterioso de donde procedía, lo que alimentó aún más las ansias para obtenerla. De hecho, el gran interés por la nuez moscada y otras especias propiciaron el descubrimiento de América. Para hacer frente a los portugueses, que se habían hecho dueños del comercio entre Europa y la India, Cristóbal Colón persuadió a los Reyes Católicos para que financiaran un viaje hacia el oeste como ruta alternativa para llegar a Cipango, el actual Japón. El periplo por el Atlántico tuvo un final de sobras conocido, pero eso es ya otra historia.

Con la llegada del siglo XVI empiezan las primeras incursiones europeas en el sudeste asiático para hacerse con el control de la preciada especia. Fue concretamente Portugal, que, a raíz del tratado de Tordesillas, firmado con España en 1494, había obtenido los derechos para explorar los territorios situados más allá del cabo de Buena Esperanza. Los portugueses ya conocían el cultivo de pimienta en el sur de la India y de la canela en Ceilán, hoy Sri Lanka, pero ahora su objetivo era más ambicioso: llegar hasta las misteriosas Islas de las Especias y así no tener que depender de intermediarios árabes o indios que encarecían sobremanera el precio.

En agosto de 1511, Alfonso de Albuquerque, virrey portugués de la India, conquistó Malaca, que en ese momento era el centro del comercio asiático. En noviembre del mismo año, tras obtener información fidedigna del lugar donde crecía la nuez moscada, Albuquerque envió una expedición de tres barcos para encontrar las Islas de las Especias. Los pilotos malayos, voluntarios o reclutados por la fuerza, los guiaron hacia Java, luego a las islas menores de la Sonda (Bali, Flores) y finalmente a Ambón, ya en las Molucas. El navegante Francisco Serrão arribó a sus costas y estableció su primer destacamento a principios de 1512.

La expedición permaneció en tierra durante solo un mes, el tiempo necesario para llenar de nuez moscada, macis y clavo las bodegas del barco. Los portugueses, que a cambio ofrecieron a los nativos baratijas europeas sin ningún valor, daban así el pistoletazo de salida a un negocio que acabaría siendo millonario y sanguinario. España, en virtud del Tratado de Zaragoza (1529), renunció a las Molucas a cambio de 350.000 ducados.

Tras varias incursiones por Ambon, Ternate y otras islas de las Molucas, donde no siempre fueron bien recibidos, los portugueses no regresaron a las islas del mar de Banda hasta unos años después, en 1529. Ahora los propósitos ya no eran tan pacíficos.

Mapa del siglo XVIII de las Molucas del Sur, con las pequeñas islas del mar de Banda en la parte inferior derecha.

Al mando del capitán Garcia Henriques, los portugueses tomaron sin lucha cuatro pequeñas islas y luego llegaron a Banda Neira, una de las dos islas principales, donde intentaron construir un fuerte para obtener el control total del archipiélago. Los nativos reaccionaron hostilmente con varias incursiones y forzaron la retirada de los invasores. A partir de entonces, los portugueses dejaron de frecuentar las islas de Banda y volvieron a comprar la nuez moscada y el macis a los comerciantes de Malaca, en la actual Malasia.

Mientras, el prestigio de la nuez moscada iba en aumento. El catálogo de plantas elaborado por el herborista inglés John Gerard y publicado en 1597, el más prestigioso de su tiempo, describía el árbol como “semejante al peral pero con hojas parecidas a las del laurel”, y luego insistía sin miramientos: “La nuez moscada es buena contra las pecas de la cara, aviva la vista, fortalece el vientre y el hígado débil, quita la hinchazón del bazo, calma los gases y es buena contra todos los resfriados”.

Ilustración sobre la nuez moscada extraída del Gerard’s The Herball, o Generall Historie of Plantes.

Holanda, la nueva potencia emergente, ocupó el lugar de Portugal a finales del siglo XVI gracias a un perfeccionamiento de los sistemas de navegación que le permitía acortar en gran manera el trayecto entre las Molucas y Europa. Los neerlandeses establecieron relaciones amistosas y un puesto comercial en 1599, pero en 1609 los Orang Kaya (líderes tribales) de Banda Neira se rebelaron contra sus intentos de crear un monopolio en el comercio de especias y mataron a 46 europeos. Unos años después, la reacción sería sangrienta. “Los bandaneses tenían este maravilloso y milagroso árbol como consecuencia de la ecología volcánica, y durante mucho tiempo les trajo prosperidad, hasta que se convirtió en la causa de su exterminio”, sintetiza Amitav Ghosh.

En enero de 1621, Jan Pieterszoon Coen, gobernador general de la poderosa Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC), inició la conquista a gran escala de las islas de Banda con una flota compuesta por trece grandes buques, varios barcos de reconocimiento y cuarenta veleros. A bordo iban 1.600 soldados holandeses, 300 presos javaneses, 100 samuráis japoneses y varios esclavos liberados. Las órdenes de las altas instancias no dejaban lugar a dudas: “Pedimos su atención por las islas donde crecen el clavo y la nuez moscada y le ordenamos conquistar estas islas para la VOC, ya sea mediante negociación o violencia”.

Grabado de 1614 sobre la flota de la Compañía Occidental de las Indias Occidentales. Fuente: Biblioteca Nacional Holandesa.

Los neerlandeses intentaron tomar Lonthor, el núcleo habitado de Banda Besar, la isla principal, y la resistencia local fue aplacada de manera ignominiosa en un episodio poco recordado por la historiografía occidental. El historiador indonesio Hendri F. Isnaeni relata lo siguiente: “Esa noche, Sonck [uno de los capitanes de Coen] desplegó a sus soldados para perseguir a los aldeanos que huían hacia el bosque y las colinas. Todos los que fueron atrapados fueron asesinados. Sus casas y sus barcos fueron quemados o destruidos”. Los que huyeron a las montañas tuvieron tres posibles finales: fueron asesinados en nuevos ataques holandeses, murieron de hambre o saltaron desesperados desde acantilados. También acabaron decapitados 48 líderes tribales que se presentaron pacíficamente para rendirse.

En total, al menos 2.800 personas murieron y otras 1.800 fueron esclavizadas. Solo unos pocos bandaneses lograron escapar a las pequeñas islas de Ai y Run buscando la protección de los británicos. Se estima que quedaron solo 1.000 de los aproximadamente 12.000-15.000 bandaneses que vivían antes de la llegada de los neerlandeses, según expone en un análisis el historiador Vincent C. Loth, de la Universidad de Nimega, .

Una vez masacrada la resistencia local, la VOC construyó un sistema integral de plantaciones de nuez moscada que incluía varios fuertes para la defensa y una ciudad colonial para el comercio y para acoger la sede del gobierno. Para el trabajo se trajeron esclavos procedentes de otras islas y al menos 800 deportados desde Batavia, la actual Yakarta, así como de Borneo, Buton y Célebes.

Sin embargo, los neerlandeses no fueron los únicos ocupantes de esta región. Los británicos negociaron con los líderes de las aldeas de Run, otra de las pequeñas islas de Banda, y así se convirtió en la primera colonia inglesa de ultramar. El control del archipiélago continuó bajo disputa hasta 1667, cuando, en virtud del Tratado de Breda, los británicos cedieron Run a cambio de isla de Manhattan y su ciudad de Nueva Amsterdam, más tarde Nueva York. En definitiva, los Países Bajos pensaron que valía la pena asegurarse el monopolio de la nuez moscada aunque hubiera que renunciar a Manhattan.

Lo que además hicieron los avispados británicos, clave para el futuro comercial de la nuez moscada, fue tomar árboles de Banda y trasplantarlos primero a Ceilán, Penang, Zanzíbar y Singapur, y posteriormente a otras posesiones coloniales en el Caribe, en particular en Granada, donde el cultivo llegó a ser tan importante que la bandera nacional, adoptada tras la independencia del Reino Unido, muestra precisamente una nuez moscada. Lo mismo habían hecho anteriormente los franceses tras sacar de contrabando unas semillas y plantarlas en Mauricio. Los holandeses mantuvieron el control de las Islas de las Especias hasta la Segunda Guerra Mundial.

La nuez moscada ha perdido gran parte de la importancia y el valor económico que tuvo antaño, pero sigue siendo un condimento muy apreciado especialmente en repostería y para la elaboración de jarabes y refrescos como la Coca Cola, así como en dentífricos y más recientemente como aromatizante del café, una moda que pisa fuerte en Estados Unidos. En España sigue estando muy presente en las populares bechameles. Donde más se mantiene la tradición es en los Países Bajos y en menor medida en Alemania, dos países en los que se sigue empleando habitualmente para aderezar sopas y guisos. También en la India es un ingrediente de algunos curris. Sus valores médicos han caído en el olvido. Es más, se sabe que su consumo en cantidades elevadas puede resultar tóxico.


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