Historia de la quina: de la malaria al gintónic

UN REMEDIO QUE SALVÓ MILLONES DE VIDAS. Durante más de tres siglos, hasta que la moderna farmacopea incorporó productos fabricados sintéticamente como la cloroquina y la primaquina, la única sustancia disponible para tratar la malaria o paludismo era un alcaloide extraído de la corteza de la quina, un árbol nativo de los bosques andinos de América del sur. El descubrimiento de la quinina, nombre del alcaloide, salvó millones de vidas… y de paso hizo felices a los amantes de la tónica y el gintónic.

El género Cinchona, creado por Linneo para englobar todas las quinas o cascarillas, engloba 25 especies originarias de un amplio territorio andino que incluye Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, en alturas comprendidas entre los 600 y los 3.000 metros sobre el nivel del mar. Se trata de árboles de tamaño modesto que crecen en zonas escarpadas y en un hábitat con nieblas omnipresentes y una enorme biodiversidad. Cinchona officinalis, conocida a veces como quina de Loja, es posiblemente la más famosa por haber sido la primera en ser estudiada, aunque actualmente la principal fuente de quinina es C. ledgeriana debido a las plantaciones industriales creadas en la isla de Java, en Indonesia, a partir del siglo XIX. En cualquier caso, estudios recientes han confirmado el elevado grado de hibridación entre especies.

En su estado natural, los árboles de la quina rara vez forman masas densas, sino que se trata de pies individuales o grupos poco compactos esparcidos en medio del bosque. Sus poblaciones actuales son muy escasas debido a la secular sobreexplotación para satisfacer la demanda europea y más recientemente debido a la deforestación y la urbanización. Se estima que apenas quedan el 5% de las poblaciones originales.

Tronco de un quino o cascarilla, flores de cinchona (foto Omar Vacas / ComCiencia) y restos de la madera de donde se obtiene la quinina.

Como explica en un artículo el ingeniero forestal Alejandro Gómez, investigador del Instituto Nacional de Innovación Agraria (INIA) de Perú y responsable de un proyecto de reforestación en el norte del país, «los campesinos talan y queman los bosques con la finalidad de ampliar la frontera agrícola, como el café y los pastos para el ganado vacuno». Ello ha ocasionado que las formaciones naturales estén fragmentadas y en grave retroceso. «Es un árbol en extinción y ni siquiera existe un inventario de los que quedan», añade. El género está incluido en la Lista Roja de especies en peligro de la IUCN.

Las propiedades antipiréticas y analgésicas de la corteza de la quina ya eran conocidas por las comunidades precolombinas desde mucho tiempo atrás, pero obviamente no se utilizaba contra la malaria, una enfermedad cuyo origen se sitúa en África hace 10.000-6.000 años y que, casi con toda probabilidad, aunque es un asunto controvertido, fue llevada por los españoles a América a partir del 1492. Con posterioridad, aprovechando las buenas condiciones de calor y humedad, se expandió de forma natural. De hecho, estudios recientes han demostrado que variantes del parásito europeo que contagia la malaria, ya erradicada en Europa, son casi idénticas a las que existen actualmente en el Nuevo Mundo.

Grosso modo, el poder de la quinina y los otros alcaloides de la quina radica en su capacidad para inhibir el crecimiento y la reproducción de las diversas especies del letal protozoo Plasmodium, el parásito causante de la malaria. Luego, los mosquitos del género Anopheles se encargan de la transmisión, mientras que los humanos y otros mamíferos funcionan como reservorio de la enfermedad.

Según la versión más extendida, de veracidad discutida, la historia del uso médico de la quinina contra la malaria empieza en 1629, cuando Felipe IV nombra virrey de Perú a Luis Jerónimo Fernández de Bobadilla, marqués de Chinchón. Dos meses después de la toma de posesión en Lima, llega al puerto de El Callao su joven segunda esposa, Francisca Enríquez de Rivera, quien al cabo de unos pocos días comienza a sentirse fatigada. Al principio todo se atribuye a la dureza del viaje, pero pronto empieza a tener fiebres intermitentes y escalofríos similares a las que muchos españoles sufrían cuando llegaban a Perú. Pasan los días y la condesa no logra recuperarse.

Aquí las diversas fuentes bibliográficas difieren. Unas cuentan que el jesuita Diego Torres de Vásquez, confesor del virrey, le llevó entonces de «unos polvos misteriosos que usaban los indios contra las fiebres». En otras, la más repetida, es Juan López de Cañizares, gobernador de Loja, ciudad situada en el sur del actual Ecuador, quien le envía un paquete con cortezas de quina que le ha suministrado un cacique local, Pedro Leiva: «Alteza, humilde y respetuosamente os envío por mi criado algunos trozos de corteza del árbol quinaquina que crece en este distrito. Se la puede hacer gustosa al paladar mezclándola, una vez pulverizada, con vino fuerte. Y si Dios quiere, esto curará a vuestra condesa de la mortal enfermedad que padece».

Abel Fernando Martínez Martín, historiador de la Medicina en la Universidad Tecnológica de Colombia, comenta a continuación: «Los defensores de la leyenda sostienen que el médico del virrey, Juan de la Vega, no se atrevió a probar en la condesa un tratamiento indígena desconocido. Lo probó primero con los enfermos del hospital de Lima y, ante el mal estado de la condesa y al observar que los enfermos mejoraban, no dudó en administrar los polvos de la corteza de quina a la virreina del Perú». La condesa se curó rápidamente y se convirtió así en el primer caso conocido de un europeo enfermo de malaria que mejoraba gracias al brebaje indígena. Maravillada y agradecida, mandó preparar grandes cantidades de corteza molida para repartirla gratuitamente entre sus trabajadores como medio de prevención.

En 1635, el cronista jesuita Bernabé Cobo dejó para la posteridad la primera descripción sucinta del árbol y sus beneficios en su Historia del Nuevo Mundo: «En la ciudad de Loja, diócesis de Quito, nace cierta casta de árboles grandes que tienen la corteza como canela, un poco más gruesa y no muy amarga. Molida en polvos se da a los que tienen calenturas y con solo este remedio se quitan. […] Son tan conocidos y estimados estos polvos no solo en todas las Indias sino en Europa que con instancia los envían a pedir de Roma». La corteza del árbol se extraía, se dejaba secar y finalmente se trituraba.

Los jesuitas, fascinados con los resultados obtenidos, enviaron muestras de la quina a España y de allí a la botica del Vaticano con el fin de verificar su efectividad y posibles usos. Este es el motivo por el cual en Europa el remedio indígena fue conocido con posterioridad como «pulvis jesuitici», polvos de los jesuitas. El empleo de la quina se expandió con rapidez por España, Italia, Francia y los Países Bajos, pero que recibiera ese apelativo dificultó curiosamente su penetración en el mercado británico, hostil ante cualquier reminiscencia católica. Hasta la aparición de la quina, los médicos trataban a los enfermos de malaria con métodos primitivos que incluían purgas y sangrías, hidroterapia, masajes e incluso amputación de miembros.

La quina se convirtió en el siglo XVIII, ya en la Ilustración, en objeto de estudio de botánicos, médicos y farmacéuticos. Los primeros en estudiarla fueron Fernando de la Vega, comerciante y curandero natural de Loja, y Miguel de Santisteban, funcionario en Cuzco y aficionado a las ciencias naturales, pero el primer trabajo con eco internacional fue el llevado a cabo por el matemático y geógrafo francés Charles M. de La Condamine, que en 1735 recolectó especímenes en Loja y elaboró la primera descripción científica del género.

La Condamine, que había llegado a Ecuador dentro de una expedición francesa cuyo objetivo era intentar medir la longitud de los meridianos terrestres, no regresó a su país una vez concluido el trabajo y anduvo por las montañas ecuatorianas intentando «observar el árbol de la quina, de que hasta ahora no se ha tenido en Europa más que un conocimiento muy imperfecto».

Ejemplar de ‘Cinchona lancifolia’ procedente de la Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada. Imagen conservada en el fondo Celestino Mutis del Real Jardín Botánico de Madrid (RJB-CSIC).

El material botánico de La Condamine fue utilizado en Europa por el padre de la nomenclatura binomial de los seres vivos, Carl von Linné o Carlos Linneo, quien en 1753 bautizó el género como Cinchona y la especie más buscada como C. officinalis. Está claro que la historia de la condesa de Chinchón estaba vigente, puesto que el eminente científico sueco tomó como base el nombre de la localidad española, aunque sin percatarse de que cometía un error ortográfico al prescindir de la primera h. Así, probablemente por una confusión con el italiano, lo que debería haber sido Chinchona se convirtió en Cinchona.

Durante las décadas posteriores, reputados naturalistas como Celestino Mutis, Francisco de Caldas, Hipólito Ruiz, José Pavón e incluso el mismísimo Alexander von Humboldt, que pasó una larga temporada en la región andina, acabaron por definir el género y describir nuevas especies. Centenares de empresas se lanzaron de inmediato a la búsqueda de quinos y la explotación alcanzó un ritmo desaforado. Las autoridades locales tuvieron que publicar edictos para limitar su explotación.

Simulación de un laboratorio farmacéutico en el siglo XIX.

En 1820, los científicos franceses Pierre Pelletier y Joseph Caventou descubrieron el proceso para extraer la quinina de la corteza de Cinchona, lo que mejoró notablemente la potencia del medicamento. Ambos la catalogaron como la sustancia más amarga reconocible por la lengua humana: 0.5 ppm: equivalente a poder reconocer una molécula entre 36 millones. Por aquel entonces, extractos de la quina estaban presentes en la mayor parte de las farmacopeas europeas. De hecho, sus poderes contra la malaria, enfermedad muy prevalente en zonas tropicales, fue uno de los factores que posibilitaron la expansión del colonialismo europeo en África y Asia. Winston Churchill dijo exageradamente que los polvos jesuitas habían salvado «más vidas de ingleses que todos los médicos del imperio».

También a principios del siglo XIX, el relojero suizo Jacob Schweppe elaboró un agua carbonatada y le añadió quinina con el fin de prevenir la malaria, lo que puede considerarse la carta fundacional del agua tónica o simplemente tónica, aunque oficialmente fue el británico Erasmus Bond, en 1858, el primero en patentar y comercializar una bebida con el mismo principio. Su éxito provocó que en breve fuera administrada a las tropas británicas destinadas en las zonas pantanosas de la India. El gintónic no se haría esperar: considerándola muy amarga, los avispados soldados no dudaron en añadirle ginebra y una corteza de limón. No obstante, si la tónica y el gintónic se han hecho extremadamente famosos es porque el refresco actual lleva azúcar (o edulcorantes) y una décima parte de la quinina de sus antecesores del siglo XIX.

Para hacer frente al monopolio de la producción de los países andinos y a la escasez derivada de la sobreexplotación de los bosques, las grandes potencias coloniales de la época intentaron establecer plantaciones. En 1865, el británico Charles Ledger logró sacar 12 libras de semillas, las vendió a Holanda y, poco después, las primeras plantaciones se establecieron en Java, en donde actualmente se obtiene el 90% de la producción mundial de quina. Algo similar hizo Richard Spruce con semillas que fueron llevadas a Ceilán, hoy Sri Lanka, aunque su éxito allí fue discreto.

Hoy, gracias al cultivo industrial, es más fácil encontrar quinina en un bar que en una farmacia, pero ello no ha evitado que las poblaciones andinas que salvaron millones de vidas sigan en grave peligro.

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