Menos bosque y más praderas: el paisaje europeo antes de la llegada de los humanos modernos

UN ESTUDIO DESCIFRA LOS ECOSISTEMAS FORESTALES DE HACE 130.000 AÑOS. Los manuales de historia de la silvicultura sostienen casi como un dogma que el paisaje en Europa antes de la llegada del hombre moderno (Homo sapiens) estaba dominado por bosques densos de dosel cerrado, el clímax de una evolución forestal favorable. Luego, nuestros perversos antepasados habrían ​​talado los árboles, drenado los pantanos, creado los pastos necesarios para el ganado y, en definitiva, dado forma a los ecosistemas que han persistido hasta nuestros días. Sin embargo, un estudio internacional publicado en la revista Science Advances muestra que no fue exactamente así.

«La idea de que el paisaje estaba cubierto por densos bosques en la mayor parte del continente no es correcta. Los resultados confirman que necesitamos reevaluar nuestra visión de lo que fue la naturaleza europea», explica la autora principal del estudio, Elena Pearce, posdoctoral en el Departamento de Biología de la Universidad de Aarhus, en Dinamarca. Había rodales compactos, por supuesto, pero los paisajes albergaban “grandes cantidades de vegetación abierta y semiabierta con arbustos y herbáceas”, insiste el profesor Jens-Christian Svenning, de la misma universidad.

En el trabajo, en el que participaron 37 investigadores de 14 países, los investigadores recogieron y analizaron muestras de polen fosilizado del interglaciar Riss-Würm, también conocido como Eemiense, un periodo templado que se extiende entre hace 130.000 y 115.000 años y que es el último con un clima similar al actual antes de la llegada a Europa del Homo sapiens [en el continente sí había neandertales, pero su población era demasiado escasa como para ocasionar cambios importantes a escala regional, precisan los autores].

Con la ayuda de insectos o el empuje del viento, el polen que desprenden las plantas puede llegar a otros especímenes y polinizarlos. Una pequeña cantidad, sin embargo, aterrizará casualmente en lagos, ciénagas o arroyos y se depositará en su fondo, un ambiente sin oxígeno que podrá facilitar la conservación durante miles de años. “Al observar la composición de diferentes tipos de polen en las capas del suelo de antiguos humedales enterrados -sintetizan los investigadores- podemos deducir cómo era la vegetación”. En total, se recopilaron datos de polen de 96 lagos y pantanos en 16 países.

El análisis del polen se reveló como una herramienta muy eficaz puesto que permitió discernir si abundaban determinadas plantas. La presencia o no de avellano (Corylus avellana), por ejemplo, fue clave porque es un arbusto que necesita espacios abiertos y no puede vivir en bosques dominados por árboles de rápido y gran crecimiento como abetos, tilos, carpes o hayas.

“El avellano prospera en campo abierto y en bosques abiertos, y además tolera las molestias de grandes animales herbívoros. Mientras que especies como las hayas y los abetos a menudo resultan gravemente dañadas o mueren al cortarlas o ramonearlas, el avellano puede arreglárselas sin problemas. Incluso si se tala un avellano, seguirá produciendo muchos brotes nuevos”, afirma Svenning.

El resultado fue sorprendente: según los cálculos del estudio, entre el 50% y el 75% del paisaje estaba cubierto por vegetación abierta o semiabierta. Y ello probablemente se debía a los grandes mamíferos de aquel tiempo.

“Sabemos que en aquella época vivían en Europa uros, caballos, bisontes, elefantes y rinocerontes. Debían de consumir grandes cantidades de biomasa vegetal y, por lo tanto, tenían la capacidad de controlar el crecimiento de los árboles», resume Svenning.

Pearce va más allá y recuerda la influencia que podrían haber tenido los elefantes (Paleoloxodon antiquus), animales que, además de su voraz pastoreo, podían cambiar el entorno de una manera imposible para otras especies como el ciervo o el caballo. «Los elefantes pueden derribar árboles. Pocos animales que todavía están vivos hoy en los paisajes europeos pueden tener ese tipo de impacto». Paleoloxodon antiquus llegó a la península Ibérica, como confirman yacimientos en Soria y el norte de Portugal.

Simulación de un elefante prehistórico de la especie ‘Paleoloxodon antiquus’.

Aunque el grupo de investigación no puede estar 100% seguro sobre hasta qué punto los animales de gran tamaño fomentaban la existencia de áreas abiertas, hay indicios consistentes de que así era. En primer lugar, especies como el bisonte o el caballo salvaje tienen exactamente ese efecto en los bosques europeos en los que todavía perviven.

«Por supuesto -precisa Pearce a continuación-, también es probable que otros factores como inundaciones e incendios forestales hayan influido. Pero no hay pruebas que sugieran que ello causara suficientes afectaciones. Por ejemplo, los incendios forestales fomentan los pinos, pero en general no encontramos pinos como especie dominante”. Tampoco había abedules, otra especie colonizadora.

Un estudio muy especial realizado en Polonia reforzó aún más esa hipótesis, afirma Svenning. «En Polonia, los investigadores observaron más de cerca los fósiles de rinoceronte de Merck (Dihoplus kirchbergensis) para ver de qué vivía ese gran animal. Encontraron restos de polen y ramitas entre sus dientes y, cuando los analizaron, pudieron ver que una gran cantidad provenía de avellanos», dice: «Creemos que el rinoceronte caminaba con dificultad comiendo ramas y hojas de avellanos. Al mismo tiempo, las marcas de sus dientes sugieren que había buscado mucho alimento por los juncos a lo largo de su vida”.

Simulación de una marisma con una manada de rinocerontes de la especie ‘Dihoplus kirchbergensis’.

La española Penélope González-Sampériz, científica del Instituto Pirenaico de Ecología (IPE-CSIC) y también coautora del trabajo, explica que el estudio plantea a escala europea una dinámica evolutiva del paisaje vegetal que ya se había demostrado en la península Ibérica desde hace varios años. Según explicó en una nota de prensa del CSIC, “parecía que la Iberia continental iba a contracorriente del resto de Europa, registrando siempre mosaicos de vegetación y paisajes parcheados incluso en los interglaciales –periodo de temperaturas más cálidas entre glaciaciones-, y no densos bosques por doquier, pero finalmente resulta que no éramos la excepción, sino el reflejo de una realidad compleja y diversa”.

“Sin animales grandes -afirma Pierce-, las áreas naturales quedan dominadas por una densa vegetación en la que muchas especies de plantas y mariposas, por ejemplo, no pueden prosperar. Por lo tanto, es importante que restauremos animales grandes en los ecosistemas si queremos fomentar la biodiversidad”. Según este estudio, “no solo es necesario reescribir los libros de biología, sino que los nuevos hallazgos proporcionan datos que deben considerarse en los planes de conservación, gestión y restauración de ecosistemas”.

“Los bosques no son la única forma de naturaleza a la que Europa debería aspirar”, concluye Pearce. En su país, Dinamarca, se han liberado caballos salvajes en el parque nacional Mols Bjerge. Es el principio.



Estudio de referencia:
Elena A Pearce, Jens-Christian Svenning et al. Substantial light woodland and open vegetation characterized the temperate forest biome before Homo sapiens. SciAdv 2023 Nov 10;9(45):eadi9135. doi: 10.1126/sciadv.adi9135. Epub 2023 Nov 10.

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