Julia Hill, dos años en lo alto de una secuoya

LA ACTIVISTA AMBIENTAL SE ENCARAMÓ PARA EVITAR LA TALA. La secuoya Luna tuvo la suerte de que la joven Julia Lorraine Hill apareciera en su vida cuando una empresa maderera se disponía a talarla. Luna, un enorme ejemplar de 55 metros de alto que mora en el condado de Humboldt, a unos 50 kilómetros de Eureka, en el norte de California, habría servido para crear infinidad de tablones para muebles de pared o, quién sabe, quizá lujosas mesas, pero ese no fue su destino. La empresa, llamada Pacific Lumber Company, no contó con la colosal tenacidad de Julia.

El 10 diciembre de 1997, cuando las motosierras se acercaban, la joven, que por aquel entonces tenía 23 años, decidió encaramarse al árbol como acción de protesta para evitar que fuera talado. Luna no era un ejemplar cualquiera, sino una monumental secuoya de costa o Sequoia sempervirens con una edad estimada de entre 1.000 y 1.500 años. Formaba parte de un antiguo rodal de secuoyas cuya tala, según los vecinos, había acelerado la erosión en el terreno y ocasionado un corrimiento de tierras que había arrasado varias casas. Como decían, ya no quedaba nada para sujetar la tierra al suelo.

Julia pensó que su acción reivindicativa podría durar unos días y se preparó para ello. Confiaba en que se formaría un cierto revuelo y que la Pacific Lumber Company acabaría renunciando a sus planes, pero jamás imaginó que su protesta se iba a prolongar más allá de dos semanas y que acabaría convertida en una especie de Rosa Parks del movimiento ambientalista, como algunos la bautizaron, y en uno de los 25 personajes del año de la revista People. Un episodio de los Simpson se inspiró en ella. En España la habrían comparado al barón rampante de Italo Calvino.

Cuando la joven volvió a poner pie en el suelo habían transcurrido 738 días. Bajó exactamente el 18 de diciembre de 1999.

Durante sus dos años encaramada en la secuoya, Julia recibió centenares de cartas de apoyo, pero al mismo tiempo sufrió un asedió incansable tanto de la empresa maderera como de las condiciones meteorológicas. No tenía idea de la soledad a la que haría frente. Ni de las lecciones de vida que aprendería. De todo ello dejó constancia en el libro The legacy of Luna (El legado de Luna), no traducido al español. Sobre su experiencia y su trabajo posterior se puede consultar la web https://juliabutterflyhill.com.

Julia Hill nació en 1974 en Mount Vernon (Misuri), hija de un pastor bautista itinerante, y fue educada con una premisa: «Dios primero, los demás después y uno mismo al final». Durante cuatro años de su infancia vivió en un remolque móvil. Le gustaba explorar el campo, caminar al aire libre. En una ocasión le ocurrió un suceso sorprendente: una mariposa se posó en su dedo y se quedó allí durante el resto de la caminata. A partir de entonces la empezaron a llamar Butterfly, un sobrenombre que decidió conservar para siempre. «He sido terca y me he metido en problemas desde que tenía dos años, pero aprendí a redirigir eso hacia buenas causas», declaraba.

Cuando tenía doce años, su familia se instaló de forma estable en Jonesboro (Arkansas), donde estudió en la escuela secundaria hasta 1990. Se graduó en 1991 después de completar por correspondencia los créditos que le restaban. A los 16 años, Hill tuvo varios empleos fugaces antes de ingresar a la Universidad Estatal de Arkansas (ASU). Cuando tenía 18, fundó Relics, un restaurante y club en el centro de Jonesboro que contaba con un escenario para música en vivo, poesía y obras de teatro. A los 20, Hill se mudó a Fayetteville, donde trabajó en restaurantes y bares.

En agosto de 1996 sufrió un grave accidente de automóvil y el volante se le incrustó en el cráneo. Estuvo diez meses recibiendo terapias intensivas antes de recuperar la capacidad de hablar y andar normalmente. Hill considera el accidente como un punto de inflexión para ella. Una especie de epifanía. Aunque había abandonado el cristianismo de sus padres cuando aún era adolescente, el accidente la impulsó a buscar un propósito espiritual más profundo, como describe ella misma en el libro.

En junio de 1997 viajó con unos amigos a California para ver los bosques de la costa del Pacífico. Mientras visitaba las secuoyas del Parque Estatal Grizzly Creek quedó conmocionada y decidió que a partir de entonces se dedicaría a luchar por su preservación. «Cuando entré por primera vez en la gran y majestuosa arboleda de secuoyas -escribió-, mi espíritu supo que había encontrado lo que estaba buscando. Caí de rodillas y comencé a llorar, porque estaba muy abrumada por la sabiduría, la energía y la espiritualidad que albergaba ese templo tan sagrado».

En noviembre de 1997 se puso en contacto con Earth First!, unos activistas medioambientales del condado de Humboldt que llevaban a cabo un método no violento de desobediencia civil que consistía en encaramarse en lo alto de los árboles para protegerlos. Pronto se unió a ellos y entonces llegó su gran momento: el grupo buscaba un voluntario para quedarse en Luna durante un periodo prolongado, posiblemente unas dos semanas. Enseguida se presentó voluntaria. «Nadie más se ofrecía, así que tuvieron que elegirme a mí», rememora. «No me subí a ese árbol esperando convertirme en portavoz de algo».

Los ecologistas de Earth First! habían levantado cerca de la copa, a unos 50 metros de altura, dos plataformas de 3,20 m² , equivalentes a una cama de matrimonio. A ellas se dirigió. «Finalmente pude ponerme el arnés y ascender. Llegar me resultó una eternidad agotadora -escribió-. Entonces cometí el error de mirar hacia abajo. Entré en pánico.

Durante los dos años en los que vivió en la copa de Luna, Julia aprendió habilidades de supervivencia. «Rara vez me lavé la planta de los pies -puso como ejemplo– porque la savia me ayudaba a que los pies se aferraran mejor a las ramas”. Recibía la comida necesaria gracias a un sistema de cuerdas y el apoyo para los suministros de un grupo de ocho personas. Para cocinarse los platos, utilizaba un quemador de propano. Dormía permanentemente en un saco de dormir. La naturaleza intentaba poner su grano de arena: “El olor en el bosque es extraordinario. El aire es tan dulce que realmente lo puedes saborear», describió. «Luna nos recuerda que debemos defender nuestra propia supervivencia y el futuro de nuestro planeta», añadió.

Mariposa Hill utilizaba un teléfono móvil con cargador solar para entrevistas radiofónicas. Además, la plataforma también alojó a periodistas que querían conocer in situ a la nueva heroína del medio ambiente.​

Durante su calvario, soportó lluvias y vientos de 150 km/h, granizo y nieve, así como el asedio de los guardias de seguridad de la compañía con focos y bocinas. Llegaron a lanzarle chorros de agua. Se intentó que no pudiera recibir comida… Pero ello no evitó que se convirtiera en la activista que permanecía más días en lo alto de un árbol. El anterior récord era de 30 días en una protesta en Gran Bretaña.

En 1999 se logró, por fin, una resolución por la cual la Pacific Lumber Company aceptaba proteger a Luna y a todos sus congéneres un radio de 61 metros.​ A cambio, Hill aceptó abandonar el árbol. Además, 50.000 dólares que Hill y otros activistas recolectaron como donaciones para la causa fueron entregados a la empresa maderera -según lo estipulado en el acuerdo-, que fueron a su vez donados a la Universidad Estatal Humboldt como parte del acuerdo para la búsqueda de una silvicultura más sostenible.​

Poco después, pasada la vorágine, unos vándalos dañaron el árbol con una sierra y le crearon a seis metros de la base un corte de 81 centímetros de profundidad, un poco menos de la mitad de la circunferencia del tronco. La herida fue tratada y el árbol se estabilizó con cables de acero. En la primavera de 2007, el árbol ya crecía bien de nuevo. Cuidadores escalan rutinariamente el árbol para comprobar su estado y para mantener los cables de acero.​ Tras la experiencia con la secuoya, Julia se convirtió en portavoz ambiental, autora superventas y cofundadora de la fundación Circle of Life (CILF).

«Luna se encuentra en un terreno protegido por un acuerdo de preservación -concluye Julia-. La parcela está rodeada por propiedades de la Pacific Lumber y sería necesario entrar ilegalmente para acceder a ella. Como parte del acuerdo, no podemos alentar a la gente a visitarla. No hay rutas públicas. También nos preocupa el bienestar de Luna, ya que el tránsito peatonal sobre su sistema de raíces aumentaría la erosión del suelo y aumentaría su vulnerabilidad».

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1 comentario en “Julia Hill, dos años en lo alto de una secuoya”

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