Bellasombra Miramar

Nicolau M. Rubió Tudurí y su legado en Barcelona

EL GRAN CREADOR DE PARQUES DE LA CIUDAD MODERNA. Los Jardines del Palacio de Pedralbes, el Turó Park, los ajardinamientos de las plazas de Adriano, Sanllehy y Francesc Macià, las zonas verdes que rodean la Sagrada Familia y las que dan entrada al Parlamento de Cataluña, el parque del Guinardó, los Jardinets de Gràcia, el verde de la Tamarita, el Vivero de Can Borni en el Tibidabo…

Sin duda, Barcelona aún no ha reconocido suficientemente la obra de Nicolau M. Rubió Tudurí, un personaje polifacético, enigmático e incomprendido que, sin caer en la exageración, puede decirse que cambió la fisonomía de la ciudad y previó sus necesidades futuras. Destacado arquitecto y paisajista, además de urbanista, dramaturgo, articulista en prensa, traductor, profesor universitario, editor, viajero y cazador, Rubió Tudurí no solo fue el mayor creador de jardines de la Barcelona moderna, sino un renovador en el tratamiento de la naturaleza en el ámbito urbano. En un artículo publicado en El Periódico de Catalunya con motivo de una reciente exposición en su memoria, mi colega Carlos Márquez lo definía muy acertadamente como «el planificador que pensó Barcelona a 100 años vista». El arquitecto Josep Mascaró, comisario de la muestra, insiste: «Tudurí se adelantó a los tiempos […] ayudando a establecer el verde en la ciudad en una época en la que la naturaleza no estaba bien comprendida ni defendida debidamente».

PRINCIPALES JARDINES DE NICOLAU RUBIÓ EN BARCELONA. Incluye los parques y jardines creados como colaborador de J. C. Forestier y los que se construyeron bajo su dirección en el Instituto Municipal de Parques y Jardines

Nicolau M. Rubió Tudurí nació en Mahón (Maó) en 1891. Su padre, el ingeniero militar Marià Rubió Bellver, natural de Reus, había sido destinado a Menorca, en donde conoció a la que sería su mujer, hija de un comerciante acomodado. Además de Nicolau, allí vinieron al mundo otros dos hijos: Santiago (1892-1980), reputado ingeniero que fue el diseñador de la primera línea del metro de Barcelona, actualmente L3, y Marià (1896-1962), abogado que llegaría a diputado con Esquerra Republicana. La familia Rubió Tudurí se trasladó a Barcelona en 1896, donde nacieron dos hijos más: Isabel (1898-1977) y Fernando (1900-1994). Este último, químico y farmacéutico, creó los laboratorios Andrómaco y fue un destacado filántropo.

En 1901, el padre se dio de baja en la carrera militar e inició una fructífera relación como ingeniero con la Sociedad del Tibidabo, organización de próceres barceloneses deseosos de mejorar el acceso y el disfrute de la montaña. Entre otras actividades, Rubió Bellver fue autor de los proyectos de construcción del funicular y del tranvía que llevan a la cumbre. Cuatro años después abrió el parque de atracciones, en cuyo diseño también participó.

En 1913, mientras el joven Nicolau acababa la carrera de Arquitectura en la Universidad de Barcelona, su padre fue nombrado director técnico de la futura Exposición Internacional de 1929, un hecho que resultaría capital en su futura trayectoria. Resulta que para la ocasión se proyectaba urbanizar y ajardinar la otra gran montaña de Barcelona, Montjuïc, un cometido que Francesc Cambó, entonces comisario de la junta organizadora, había encargado al reputado paisajista francés Jean-Claude Nicolas Forestier, el conservador de los parques públicos de París.

Diseño de Forestier para la creación de los Jardines de Laribal en la montaña de Montjuïc.
Plano para el ajardinamiento de la balconada de Miramar. Nunca se acabó por completo.

El problema era que Forestier solo podía desplazarse a Barcelona en estancias cortas, «por lo que había que contratar a alguna persona que se encargara de la dirección de obra y la plasmación sobre el terreno de los proyectos que desde la capital francesa iría haciendo», relata la historiadora de la jardinería Montse Rivero, gran conocedora de la obra de Nicolau Rubió, en un artículo publicado por el Institut d’Estudis Catalans (IEC). «Proponiendo a su hijo Nicolau, recién licenciado y sin preferencia clara por ninguna de las especialidades de la arquitectura, Marià solucionaba dos problemas de golpe», añade Rivero.

Así que en 1915, nada más graduarse, inició su vida profesional como ayudante de Forestier en la planificación de los espacios públicos de Montjuïc. «¿Quieres ser el ayudante de un paisajista francés? ¡Pero sin cobrar un duro! A Nicolau le pareció una oportunidad para integrarse en el mercado laboral. Poco a poco, cierto escepticismo inicial se va transformando en admiración hacia el maestro», escribía su sobrina Margarita Rubió de Rispal en un artículo publicado en 2008 con motivo del 75º aniversario de la Escuela de Jardinería de Barcelona, que creó el propio Rubió Tudurí y fue la primera de España. También empezó a trabajar como profesor universitario en el diseño de jardines.

Dos años después, en 1917, ganó una oposición pública y fue nombrado director del Instituto Municipal de Parques y Jardines, cargo que ocuparía hasta su exilio en 1937. Estas casi dos décadas al frente del organismo dependiente del Ayuntamiento de Barcelona fueron los más fecundos de su vida como creador de zonas verdes.

Nicolau M. Rubió Tudurí.

En primer lugar, como colaborador de Forestier en Montjuïc, surgieron diversos jardines de corte clásico y mediterráneo: Laribal (1917-1924), cuyas terrazas enlazadas por escalinatas se inspiran en el Generalife de Granada; Miramar (1919-1923), una balconada en altura con excelentes vistas sobre el mar y la ciudad, y Teatre Grec (1921), originalmente una gran rosaleda concebida para la Exposición de 1929. Fue una pequeña revolución. La montaña olímpica está actualmente domesticada, urbanizada en gran parte, pero en aquellos tiempos los conejos se monte se comían todas las plantas de los nuevos jardines y hubo que tomar medidas drásticas, como recordaba su hermano menor, Fernando: «Trajimos de Menorca los mejores lebreles y hurones, ¡y en pocas semanas no quedó ni uno!».

Jardines de Laribal (1917-1924). Antiguo terreno agrícola que se transformó en un conjunto de terrazas ajardinadas, conectadas mediante escalinatas, que salvan el desnivel existente entre la Fundación Miró y el Teatre Grec. Inspirados en los jardines árabes, destacan por la gran presencia de baldosas cerámicas, fuentes ornamentales y el cultivo de plantas de flor en tiestos. Vegetación típicamente mediterránea con algunos frutales.

Fruto de la estrecha colaboración entre Rubió y Forestier, que se mantendría hasta la muerte de este último en 1930, surgieron asimismo el ajardinamiento de la Plaza de Armas del parque de la Ciudadella (Ciudadela), junto al Parlamento de Cataluña (1915), y el parque del Guinardó (1918).​ En 1919, como obra en solitario, Rubió presentó uno de sus trabajos más hermosos y recordados, aunque alejado de Barcelona: el jardín de Santa Clotilde de Lloret, en la Costa Brava, un auténtico parque botánico con vistas al mar.

Jardines de Santa Clotilde, en Lloret de Mar, una de las mayores creaciones de Rubió i Tudurí. Ocupa unas 15 hectáreas.

Un poco posterior es el jardín de la plaza de Francesc Macià, una de las que soporta más tráfico de Barcelona y de acceso vetado a los peatones. En la plaza, inaugurada en 1932 como plaza de Alcalá Zamora y luego llamada de Calvo Sotelo, Rubió rindió un homenaje a su Menorca natal diseñando un estanque con la forma de la isla. Actualmente su seña de identidad es una enorme bellasombra visible desde lejos.

De la misma época son los jardines del Turó Park, que se abrieron al público en 1934 en unos terrenos ocupados anteriormente por un parque de atracciones; los del Palacio de Pedralbes, amplios y de aspecto forestal, que fueron un regalo del ayuntamiento al rey Alfonso XIII, y los de Can Borni, cerca del Tibidabo, concebidos como un jardín de aclimatación de plantas llegadas de todo el mundo para su posterior uso en el casco urbano barcelonés.

Jardines del Palacio Real de Pedralbes. Antigua finca que la familia Güell regaló en 1926 para acoger las visitas a Barcelona del rey Alfonso XIII y donde todavía hoy se celebran recepciones oficiales y conciertos. En cuanto a la vegetación, destacan las coníferas, con un puñado de cedros y pinos catalogados como monumentales.
Jardines de Can Borni (1917-1923), en la falda del Tibidabo. Creados originariamente como un vivero de aclimatación, un lugar donde poder comprobar la adaptación de especies foráneas para su posterior plantación en el casco urbano.
Jardines de la Tamarita (1918). Pasaron a titularidad pública en 1993. Actualmente acogen en su interior la Fundación Universitaria Blanquerna.

Además, como destaca el geógrafo y profesor Josep Gordi en un artículo publicado en la revista Serra d’Or (2022), bajo su cargo municipal se diversificó el catálogo de árboles que se plantaban en las calles, una política que se acentuó especialmente con motivo de la Exposición de 1929. Por ejemplo, se trajeron las primeras tipuanas, árbol originario de América del sur y cuya floración es actualmente una de las señas de identidad de Barcelona en el mes de junio. También llegaron jacarandas, gleditsias, sóforas, casuarinas y lagunarias, todas ellas habituales en la actualidad. Fue algo muy novedoso. «Recordemos que ninguna de las grandes ciudades del momento tenía árboles plantados en las calles de los centros urbanos», destaca Gordi.

La labor de Nicolau Rubió al frente del Instituto Municipal de Parques y Jardines puede dividirse en dos facetas esenciales, según resume el arquitecto y profesor universitario Josep Bosch Espelta, máximo conocedor de su obra, en el libro Nicolau Rubio i Tudurí, jardinero y urbanista. La primera era transformar en jardines los escasos terrenos todavía aptos para ello que quedaban en Barcelona, sobre todo en el ámbito más cercano a Collserola, incluida la compra del Park Güell, y recuperar también las escasas zonas verdes entonces existentes de ámbito público, muy particularmente la degradada Ciutadella (Ciudadela), sobre la que pesaba una amenaza de edificación.

La Ciutadella, conocida entonces como el Parque de Barcelona, era un parque en decadencia al que sus conciudadanos habían dado la espalda y se había convertido en «refugio de toda suerte de holgazanes, descuideros y dormilones», según dejó escrito el propio Rubió. Como explica Bosch Espelta, no se trataba solamente de replantar los árboles muertos o de extender nuevas plantaciones de césped, sino de someter todas las zonas verdes a una nueva ordenación, “una labor de higienización». Además, había que hacerlo con un presupuesto escueto. “Su salvación marcó un cambio de política en el tratamiento del espacio libre en el consistorio barcelonés», escribe el profesor y biógrafo.

Entre otros ajardinamientos en la Ciutadella, destaca la ya citada Plaza de Armas, situada delante de lo que hoy es el Parlamento de Cataluña, «y que constituyó para Barcelona el ejemplo más definitivo de jardín a la francesa», prosigue Bosch Espelta. Desde su departamento municipal se reformaron el paseo de los Tilos, el Umbráculo de 1888 y los alrededores del monumento a Prim, se derribó el antiguo Palacio de la Industria y se amplió el Zoo. También se instaló riego y se plantaron nuevas especies como las bellasombras, cuyo mejor ejemplo es el conjunto que sigue presidiendo la entrada desde el paseo de Isabel II.

Al margen de la creación de los parques urbanos, la segunda faceta consistía en dotarlos de una «estructura racional» y «coherente», subraya el especialista. Ello incluía una distribución equilibrada por todo el término municipal previendo el crecimiento que tendría la ciudad, unas ideas muy avanzadas a su tiempo. «Un proyecto no podría establecerse en buenas condiciones, sin contar con la adhesión de los municipios vecinos a la gran ciudad. Boston ha previsto ya, hace años, la cooperación necesaria en su sistema de parques de 39 ayuntamientos adyacentes», manifestaba Rubió en una carta enviada al ayuntamiento.

En este sentido, en 1926 propuso la creación de cinco grandes espacios verdes de forma circular entre los ríos Besós y Llobregat, a lo largo de la sierra de Collserola (Pedralbes, Vallvidrera, Tibidabo, Sant Medir, Horta), que se complementarían en el interior del casco urbano con enclaves de menor tamaño dotados de terrenos para esparcimiento y juegos infantiles. Con ello se alejaba en cierta manera de Forestier y se acercaba a las líneas de la ciudad-jardín anglosajona. «La demanda de más y mejores espacios libres será cada día mayor -insistía Rubió-. El fenómeno se está dando con fuerza en Inglaterra y en Estados Unidos, pero no se confina allí. Ha llegado sobre nosotros. Ignorarlo constituirá una vergüenza pública». Sin embargo, salvo pequeñas excepciones, el proyecto de los espacios verdes redistribuidos no cristalizó.​

En cuanto al estilo, «Rubió fue evolucionado a lo largo de los años, de un estilo regular y formal, de tradición de jardín mediterráneo, claramente novecentista, hacia un jardín irregular, que él llamará jardín de paisaje latino», sintetiza Montse Rivero.

Tras el estallido de la Guerra Civil, Rubió, que se definía como catalanista, federalista y republicano, se exilió en Francia y Argentina. Regresó en 1946, pero su relación con Barcelona ya no volvió a ser igual. Sus numerosas actividades públicas también se diluyeron. Se convirtió en un personaje discreto. Sí mantuvo curiosamente una relación intensa con la ciudad de Las Palmas, en Canarias, para cuyo ayuntamiento realizó diversos jardines y ajardinamientos, incluido uno que sigue llevando su nombre. A partir de 1950, sus trabajos se circunscribieron generalmente al ámbito privado, no público, en emplazamientos de Cataluña, Canarias, Baleares, Madrid, Valencia y Andalucía.

«Su cartera de clientes -explica Montse Rivero– estaba constituida por miembros de la burguesía y aristocracia catalana y española, que le encargaban sus particulares jardines; por empresas de diferentes sectores como inmobiliarias, clubs de tenis y de golf, y muy especialmente por el sector hotelero, para el que haría, entre otros, los jardines del Hotel Fénix de Madrid (1953); el Hotel Miramar de Málaga (1954); el hotel Formentor en Mallorca (1957) o los jardines de Cap sa Sal en Begur (1963)».

Jardines de la Fundación Julio Muñoz Ramonet. Actualmente están abiertos al público.

Como obras más significativas entre los jardines de casas particulares, prosigue la historiadora, destacan el jardín para Robert Lee Wyss en la calle Raset de Barcelona, hoy desaparecido (1946); los de Can Forns (1949) y Can Forns Nou (1961), ambos en L’Ametlla de Vallés; el jardín de la Dehesa los Llanos en Albacete, para los marqueses de Larios (1950-1954) y la reforma del jardín del Barón de Viver en Argentona, ambos en 1957… «La mayoría son jardines de paisaje, que recogen muy bien el espíritu latino que Rubió defendió a lo largo de toda su producción jardinería y literaria», sintetiza Rivero.

En 1977, el Ayuntamiento de Barcelona le encargó la urbanización de la plaza de Gaudí, frente a la fachada del Nacimiento de la Sagrada Familia. Fue su trabajo póstumo, puesto que falleció cuatro meses antes de la inauguración de los nuevos jardines, en septiembre de 1981. Se encontraba apartado de la vida pública pero todavía activo. En La Vanguardia, una pequeña necrológica del arquitecto Xavier Sust intentaba rescatarlo del olvido aunque sin apenas citar su enorme contribución a la jardinería. «Rubió i Tudurí, como otros arquitectos ahora denominados noucentistas, no formaba parte del santoral de héroes y maestros que nos servían para guiar nuestros primeros pasos en contacto con la arquitectura. Al revés, como oponente del GATCPAC [movimiento arquitectónico surgido hacia 1930 de marcado carácter social y progresista], que fue nuestro modelo local más admirado, tuvo que soportar nuestra indiferencia e incluso nuestra desconsideración (…). Pero con el tiempo fuimos descubriendo su obra e interesándonos por ella».

«Fue un personaje incomprendido e incómodo que no era ni de derechas ni de izquierdas; con una capacidad de trabajo brutal, planificador, urbanista, un gran acuarelista. Muchas de sus ideas, sin saberlo, se siguen aplicando», concluye Mascaró a preguntas de Carlos Márquez.


Bibliografía recomendada:
Josep Bosch Espelta, Mercè Rubió i Boada, Cristina Domínguez e Ignasi de Solà-Morales (1993). Nicolau Maria Rubió i Tudurí (1891-1981). Jardinero y urbanista. Ed. Doce Calles, Madrid.
Montse Rivero, Nicolau Maria Rubió i Tudurí, Jardins i Jardiners / Institut d’Estudis Catalans

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